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Noches sin fin

foto: Rubén G. Herrera
Pájaro en Fun House 15.12.16

Ahora que Pájaro parece estar dejando de ser un misterio, cuando empiezan a cesar las preguntas sobre su procedencia acompañadas de cierta incomprensión ante su capacidad de convocatoria fuera de Sevilla, justo ahora, conciertos como el del pasado jueves 15 de diciembre en el Fun House de Chamberí se convierten en auténticos tesoros. 

A este fabuloso y necesario templo del rock madrileño llegaba el Pájaro, a veces conocido como Andrés Herrera Ruiz, en una noche incómoda y fría de otoño tardío. Junto a él, su inseparable Raúl Fernández, formando una pareja tan curiosa como complementaria. “Si la Guardia Civil tuviese parejas como esta todo iría mejor, hasta el tricornio tendría su rollo”, decía en tono jocoso. Y es que lo suyo es por defecto imprevisible, innegociable en su forma de ser y sobre todo como músico. Una completa libertad e incontinencia que en cuestión de segundos produce algo que podríamos denominar magia para los allí presentes, incapaces de explicarse lo que ven ante tal despliegue de personalidad y pericia a las seis cuerdas.

Apoyados en butacas sobre el escenario, guitarras al hombro, el dúo presentaba el segundo disco de Pájaro en solitario, He matado al ángel, que viene a confirmarle como uno de los mejores y más creativos guitarristas del rock español, así como un interesante compositor. Nada que ver con el despliegue de la presentación oficial en la sala El Sol, y sin embargo un concierto valioso por la cercanía. 

Un concierto largo, prueba de la comodidad de músicos y público, en imparable progresión desde la fantástica Las Criaturas II, musicando a San Juan de la Cruz, a los homenajes a Silvio. Por supuesto, se trataba principalmente de dar un buen repaso su último disco, de El Pudridero a, ya en el primero de los bises, Viene con Mei. Y en esas, todo un Julián Maeso que no pasaba por allí sino que admiraba el espectáctulo desde la barra junto a otros músicos, seguidores y periodistas, se subía de improviso al escenario poniéndole una inesperada guinda a la noche. Una de esas ocasiones en las que, sin saber cómo, se te hace escandalosamente tarde.